La Falda y una historia llena de historias

Nuestro ciudadano amigo Alberto Moro nos abre el portal de una historia en los inicios de la historia de la La Falda que invita a repensarnos.

cucu la falda

LA GÉNESIS DE LA FALDA

Por Alberto E. Moro

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Convendríadejar sentado que tenemos una ciudad turística más que centenaria, como lo es en realidad, pues ello sería además, conveniente.

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 Hotel Eden Original

La discusión sobre los orígenes de La Falda ha sido calificada por uno de sus protagonistas como “bizantina”, calificación con la cual coincido plenamente, pues en mi modesta opinión se está poniendo demasiado énfasis en algo que no tiene ninguna importancia. ¿A quién le importa la cuadratura del círculo o determinar el sexo de los ángeles? Se dice que los bizantinos estaban tan enfrascados en la discusión sobre éste último punto, que no advirtieron ni tomaron las medidas necesarias para impedir que el enemigo los invadiera y destruyera la ciudad. Esta expresión es usada frecuentemente cuando se produce una disputa apasionada sobre cuestiones que no tienen trascendencia alguna, a sabiendas de que de ahí no se podrán extraer conclusiones o algo útil ya que ninguna de las dos partes dará su brazo a torcer en el acalorado debate. Nuestro ejemplo local es la ya kafkiana disputa sobre los orígenes de la ciudad donde esto se escribe, que no solo no le interesa a los pobladores sino que puede llegar a perjudicarlos.

Porque la genética de La Falda -cuyo sencillísimo nombre sin connotación histórica alguna, deriva de que ha nacido y ha sido construida en un faldeo montañés originado en un derrumbe de hace cientos de miles de años cuyas evidencias morfológicas visibles están en el cerro La Banderita- es prácticamente irrelevante. Se trata de un pueblo cuya historia se construye paso a paso a partir del momento un tanto difuso en que alguien decide que el paisaje es apropiado para la construcción de un gran hotel.

La Falda no tiene un origen heroico, un hecho fundacional de relevancia histórica; ni siquiera la remota presencia de algún barbado conquistador imperial que, espada en mano, “plante una pica en Flandes” proclamando pomposamente la fundación de La Falda de los Buenos Aires, mote que sin dudas le caería mucho mejor que a la capital de la humedad que es la ciudad que lleva ese nombre.

La Falda nace de la especulación de unas personas, unas familias o un grupo, ni siquiera argentinos, que descubriendo la belleza del lugar, deciden hacer una inversión y afincarse para dar rienda suelta a su creatividad, construyendo un hotel que andando el tiempo sería famoso y reconocido, aún más allá de las fronteras del país.

Si bien fijar una fecha es importante para dar un punto de partida a cualquier realización humana, la verdadera historia es la que construyeron trabajosamente las sucesivas generaciones de habitantes del lugar con su esfuerzo y sus ilusiones puestas al servicio del crecimiento de una aldea, que mas adelante podría llamarse un pueblo, y finalmente una ciudad.

Pero, al margen del clima y la belleza paisajística, ¿que factores condicionaron o hicieron posible e incluso rentable ese desarrollo? Sin duda que un papel relevante le cabe a la facilidad de un acceso seguro y confiable a la región representado por el paso de un ferrocarril, el medio terrestre de comunicación, intercambio e integración más influyente de entonces, que comenzó a transitar estas serranías, según parece, en 1892. Antes de ello, dudosamente alguien hubiera pensado en poner un hotel en inhóspitas zonas a las que habría que llegar en carreta o diligencia por polvorientos caminos que, por más “reales” que fueran, debían ser trajinados por sudorosos caballos y traqueteados pasajeros.

El co-autor de uno de mis libros (*), afirma que en 1901 Manuel Rodríguez habilita en “la Casa de las Columnas”, pegada a las vías férreas, una despensa que sería el primer comercio “de la incipiente población”. También se afirma que en dicha casa funcionaba la estafeta postal, la Botica (farmacia) de Juan Bajack, la venta de diarios de Moisés Tulián, la peluquería de Francisco Avilés y un modesto comedor para los viajeros. También andaba por allí registrándolo todo Arturo Francisco, reconocido como “el primer fotógrafo de La Falda”. Siguiendo al mismo cronista sabemos que en 1905 Hermógenes Pastrana pone una carnicería, y dos años después José Alonso abre las puertas de una verdulería. Y que en 1910, en el galpón de Antonio Campanari, minero y picapedrero, se habilita la primera escuela a cargo de la joven maestra Adelaida Oviedo, reemplazada más adelante por Ema Valdés. En 1911 se instala un destacamento policial en la propiedad de Manuel Rodríguez.

La existencia de la construcción de porte greco-latino denominada “La Casa de las Columnas”, y otras edificaciones que pueden apreciarse en las mismas fotos de la época, así como la existencia real y concreta de las personas nombradas y de muchas otras seguramente, serían en opinión de quien esto escribe una prueba documental, y sentimental si se quiere, suficiente –entre otras que seguramente hay- para aceptar que ya en ese momento estaba naciendo un pueblo. Me pregunto si hay derecho a ningunear a todas estas personas, que son el colectivo humano primigenio auténtico y fundacional.

Es ésta una observación de sentido común con la que no pretendo suplantar a las generalmente taxativas y medulosas consideraciones jurídicas o históricas que puedan echarse a rodar, expresadas con las formalidades de rigor en las ciencias sociales. De todas maneras, me parece que tanto barroquismo cientificista es realmente “bizantino”, dado que por más vueltas que se le de al asunto, nada de épico se encontrará en el nacimiento de La Falda, siendo por lo tanto irrelevantes las apasionadas y desgastantes discusiones que desde hace años se llevan adelante, y que versan sobre hechos minúsculos, como cuando se vendió el primer lote, o cuando comenzó a parar el tren en el lugar. Siguiendo esta línea de razonamiento, no sería improbable que el día de mañana surjan quienes quieran poner el mojón de partida en cuando se creó el municipio, se inauguró la Iglesia, o la plaza del pueblo.

Creo que habría que ser más prácticos y abordar el asunto desde otros ángulos. Por ejemplo, desde la óptica de considerar cual de las fechas propuestas para el “primum movens” de La Falda es más conveniente para la ciudad turística que pretendemos ser. Va de suyo que no podemos competir en antigüedad con vecinos como Valle Hermoso y Huerta Grande, ni mucho menos con Cosquín o Capilla del Monte, localidades ancladas en el tiempo mucho antes que La Falda comenzara a perfilarse.

No podremos jactarnos en nuestra ciudad de haber “nacido con la historia”, pero sí podemos tomar conciencia de que en cualquier negocio o emprendimiento se considera un lauro haber comenzado las actividades mucho tiempo atrás. El énfasis está siempre puesto en la antigüedad. Tanto en los vinos, como en el vermut, las fábricas, cualquier empresa, las construcciones y, desde luego las ciudades. Lo añejo, siempre se valora.

Nada mítico, como ya hemos dicho, podemos alegar con respecto a La Falda. No hemos tenido, como Roma, a Rómulo y Remo amamantados por una loba y preparándose a fundarla, pero ¿qué sentido tiene sin embargo, venirnos para adelante con las fechas? Podríamos sí, con toda propiedad, fijar la fecha en el primer año del siglo pasado, o aún antes si partimos de la piedra fundamental del primero y famosísimo Edén Hotel, ¿qué sentido tiene llevar a menos de cien años la fecha de origen? ¿Será para festejar de nuevo el centenario en 2013 como quiere el Concejo Deliberante? ¿O en 2014, como propone el amigo historiador? Francamente, ésta sí que es una discusión bizantina que, si conduce a alguna parte, es a disminuir la modesta relevancia histórica de nuestros orígenes como ciudad, cualquiera sea la fecha pseudo-fundacional que se adopte o dictamine.

Focalizar todo en las fechas netamente burocráticas en que se firmó un boleto de compra-venta o se firmó la primera escritura es -a mi entender- poner el carro delante del caballo. ¿Por qué, en lugar de ir a trámites leguleyos desprovisto de afectividad, no consideramos y honramos a las personas que con su trabajo, sus conocimientos y sus ilusiones, dieron “el puntapié inicial” a un sueño que terminaría por ser la pujante ciudad que hoy disfrutamos? Sería más justo. Mucho más justo.

Honraríamos así a esa “multitud de hombres y mujeres ligados por la comunidad del derecho y la mutua utilidad”, al decir de Cicerón, que fueron los verdaderos fundadores asociándose entre sí honesta y humildemente, intercambiando sus saberes y su esfuerzo personal. Cuando no hay un Acta de Fundación que determine una fecha puntual –y en este caso no la hay- hay que pensar en la gente, los modernos “ab-orígenes” en este caso. A los pueblos los hace la gente, y no el movimiento de dinero relativamente “grande” que interviene cuando se compra o vende un lote de tierra. A La Falda comenzaron a constituirla sus primeros pobladores con su trabajo, y no los que mucho mas tarde vieron la posibilidad de hacer negocios con los loteos de tierra. El dinero es una creación económico-cultural; el nacimiento de un pueblo una cuestión socio-antropológica, propia de los seres humanos.

La existencia real de las personas que he nombrado es lo que da sustento a mi propuesta que, de ser compartida por todos, zanjaría ventajosamente la cuestión. Y al dejar sentado que tenemos una ciudad turística más que centenaria, como lo es en realidad, ello sería, además, conveniente. Sobre este tema, es necesario un acuerdo generoso e inteligente, que pueda ser compartido por todos, sin persistir en posturas demasiado ortodoxas e irreductibles.

Si quien esto escribe tuviera la facultad de proponer al pueblo de la Falda una fecha para sus orígenes, la conclusión sería obvia. Dejando de lado el momento de la “concepción” en la discreta oscuridad con que siempre sucede, no hesitaría en decir que la “gestación” del pueblo comenzó al colocarse la piedra fundamental de lo que sería el futuro establecimiento hotelero, y que el “parto” se produjo cuando el Hotel Edén abrió sus puertas.

Durante la construcción ya había un enjambre de trabajadores, profesionales y obreros de diferentes especialidades relacionadas con la arquitectura y la albañilería, que se movieron, acamparon, y en muchos casos se quedaron en estas latitudes. Al inaugurarse el hotel se agregaron los trabajadores gastronómicos, de mantenimiento, administración, conserjería, maestranza, lavandería, cocineros, limpieza, maquinistas, mucamas, mozos, proveedores, verduleros, carniceros, de servicio postal, transporte, vigilancia, jardinería, caballerizos, y maestros deportivos de equitación, natación, golf, tenis y arquería. En suma: UN PUEBLO.

Un pueblo en movimiento, que fue generando todo lo que se necesitaba varios años antes de que ocasionalmente se vendiera un lote, hecho irrelevante éste comparado con la existencia previa de tanta gente interactuando sobre el terreno, hace ya más de 110 años.

Es más, me parece un hecho extraordinario por su irracionalidad, que se esté descartando un monumento histórico –que por algo ha sido declarado tal- como base fundacional del pueblo, para adjudicarle ese honor a la venta de un lote. Realmente kafkiano, no solo bizantino. Y es así no solo desde el sentido común, sino también desde la lógica.

Al escribir sobre este tema que ya lleva años de dimes y diretes inconducentes, solo me mueve la intención de hacer un aporte constructivo basado en el menos común de los sentidos. No me interesa intervenir en polémica alguna al respecto.

La Falda, 7 de Julio de 2011

(*) Alberto Moro-Carlos Panozzo. El mundo y La Falda en el Siglo XX, La Falda, año 2001, pág. 49

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Iglesia La Falda

Más sobre la génesis de La Falda

LA FUERZA DEL SENTIDO COMÚN

Por Alberto E. Moro

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Condensando mi escrito anterior sobre este tema, deseo reforzar y hacer pública mi convicción de que cualquier fecha que se tome como punto de partida oficialmente aceptado para la ciudad de La Falda que sea posterior a la apertura del Hotel Edén, es inconveniente y está fuera de lo que comúnmente denominamos sentido común.

Es decir, está fuera de lo esencial, de lo evidente, de lo irrefutable, como lo es la circunstancia de que un descampado con el nombre genérico de “estancia” se convirtiera en un pueblo a partir de la fundación del Hotel Edén. Es tan obvio esto, que hasta la machacona publicidad de hoy referente al lugar turístico de ese nombre, repite incansablemente “Visite el Hotel Edén, el nacimiento de un pueblo”.

¿Cuáles fueron las razones, sino ésa, por las cuales el viejo edificio fue declarado oficialmente “Monumento Histórico” de la Provincia de Córdoba? ¿Hay alguna duda de que recibió tal calificación por haber dado origen al pueblo, hoy ciudad, de La Falda?

Insistir en regulaciones convencionales de la historia o del derecho, no siempre aplicables taxativamente, retrasando así en casi 20 años la real existencia de una acumulación de personas que interactuando entre sí configuran lo que denominamos pueblo, carece de sentido común. Y además, por las razones que ya he explicado en mi texto anterior, no le conviene absolutamente a nadie.

Como ya he expresado antes, no hay mucha gloria en el nacimiento de la ciudad, pero cuando menos, concedámosle la mayor antigüedad en el tiempo reconociéndole su calidad de ciudad turística más que centenaria. Con ello no faltaremos a la verdad y nos haremos un favor a nosotros mismos.

Lo contrario, por más rebuscados argumentos con que intentemos justificarlo, nada nos aporta y, seguramente, algo nos quita: el discutible pero valorado mérito de una relativa pero venerable antigüedad.

La Falda, Julio de 2011

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CARTA ABIERTA AL CATÓN FALDENSE (*)

Por Alberto E. Moro

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“Los perros ladran, pero la caravana avanza…”

                                                                                               Goethe

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Al Señor Alfredo Ferrarassi

En mi primer artículo sobre La génesis de La Falda he manifestado que mi intención era hacer un aporte sensato, sin pretensiones de terciar en polémica alguna. Por eso me llama la atención su empeño (me pregunto ¿en representación de quién?) en contestar, censurar y refutar con menguada claridad las opiniones vertidas en mis escritos, razón por la cual me resulta imperioso hacerle saber que no escribo para Su Majestad el Fredy sino para los lectores del periódico, y para toda la gente del pueblo a la que pueda interesarle el tema.

Al parecer, juzgando por su última nota, el derecho a opinar que indudablemente tengo, ha generado en usted un acceso de furia que le ha hecho volcar por escrito con su habitual pluma viperina, una serie interminable de descalificaciones insultantes que solo se justifican en el sentimiento de inferioridad que obviamente padece. Lo cual me obliga, contrariando la voluntad de no polemizar expuesta en mi escrito, a contestarle en forma contundente, pues no tengo por qué dejar pasar una agresión injustificada que estoy seguro de no merecer, pues no he hecho otra cosa que “publicar mis ideas en la prensa”, derecho que me otorga a pleno la Constitución de la República Argentina.

Para comenzar, por más que lo busque, usted no va a encontrar su propio nombre en mis escritos sobre la génesis de La Falda pues yo no escribo contra nadie; mientras que en el suyo usted me agrede reiteradamente con nombre y apellido, llevando la discusión al terreno personal, cuando el debate debe ser en el campo de las ideas. Y esto ya lo ha hecho otras veces, como algunos lectores recordarán. Siempre el método sucio, que parece ser el que mejor le sienta.

Cuando una opinión ajena no le gusta, la emprende contra la persona del que la escribió, en lugar de discutir acerca de esa opinión, como sería lo lógico entre personas que respetan el pensamiento de los demás y la libertad de expresión.

Es harto conocida la postura de “matar al mensajero” en lugar de ocuparse del mensaje, cuando no se tienen argumentos fundados aceptables para un debate civilizado. Esto, que está clarísimo, pone en evidencia su catadura autoritaria, lo cual no es ninguna novedad en alguien que ha adherido ideológicamente y ha admirado a dictadores asesinos como Lenin, Stalin y Fidel Castro. Y que últimamente se regodea leyendo sobre Hitler y el nazismo, como todos sus conocidos pueden atestiguar. A esas afinidades usted la llama pomposamente “investigaciones” para darse pisto.

Sus notas en el periódico por lo demás -salvo algunas que le he elogiado personalmente-, son generalmente demasiado largas y confusas, con alusiones muchas veces veladas y siempre despectivas que canalizan sus momentáneos berrinches, desparramadas a diestra y siniestra con empecinamiento digno de mejores causas, lo que me hace pensar que si destila tanto veneno es porque ni usted mismo tiene en claro aquello sobre lo cual pretende pontificar. Hay algo en su personalidad que lo carcome, y dejaré a cargo de los lectores identificar a esa conocida baja pasión. Su prosa, que podría ser muy buena, es en cambio siempre quejosa y virulenta y -ya se sabe- el que siembra vientos, cosecha tempestades.

Y ya que hablamos sobre pontífices, algo me dice que su “contrerismo contestatario” inveterado, obedece en este preciso caso a su egolatría lastimada porque ni el Intendente, ni los Concejales, ni el pueblo, ni yo mismo, lo hemos consultado antes de opinar sobre los orígenes de la ciudad que habitamos. Si usted se considera una eminencia floripóndica de la historia, cuasi papal, una especie de oráculo ante el cual todos deberían posternarse antes de opinar, lo lamento por usted, pues seguirá sufriendo la irreverencia de los apóstatas que no lo percibimos de ese modo.

Usted está en contra de todo, siempre con la sangre en el ojo buscando el pelo en el huevo, las cinco patas del gato y la mosca en la sopa. Le pido por favor que de ahora en adelante, aprovechando que próximamente comenzará a recorrer su arduo camino un nuevo elenco gubernamental en la ciudad, se dedique a escribir constructivamente y abandone esa dialéctica encarajinada y revulsiva propia de los adeptos a gobiernos de pensamiento único que tanto daño han hecho y hacen a la convivencia pacífica entre los seres humanos.

En su insultante artículo, en el que campean toda clase de ironías e intentos de menoscabo a mi persona, hace usted continuas alusiones a la ciencia, los saberes, el conocimiento y la investigación –nada menos que 10 veces-, dando a entender que son virtudes que solo usted posee, intentando de ese modo negar mi trayectoria y mis estudios, cuya profundidad y temáticas ni siquiera conoce. Aún estando en contra del auto-bombo que usted tan asiduamente practica, y a propósito de que parece creer y quiere hacer creer que es el único poseedor de esa pomposa ciencia infusa y difusa con la que alardea, me veo en la obligación de informarle que, entre otras cosas, puedo leer en seis idiomas y tengo 14 años de estudios universitarios regulares que puedo demostrar, con tres títulos de Universidades Nacionales a la vista, y sé muy bien lo que significan la ciencia y la metodología de la investigación que ésta propugna. No sé si usted podría acreditar lo mismo, exponiendo los comprobantes, claro, porque el bla-bla ya está agotado. Y permítame una sonrisa piadosa y dos inocentes preguntas: ¿Hace falta tanta ciencia para saber lo que le conviene a La Falda? ¿O hay que ir a preguntárselo a usted rindiéndole las pleitesías del caso en su carácter de auto-designado gurú inmarcesible de la historia faldense?

Por último, su intento de descalificarme sugiriendo que mis reflexiones se deben a mi apoyo político al gobierno saliente de La Falda son patéticas, sin fundamento, de una bajeza increíble y, contrariamente a lo que usted cree, no me hacen mella alguna. No me hacen mella porque, como buen ciudadano, he tenido, tengo y tendré una actitud constructiva con respecto a todos los gobiernos de la ciudad, sean del color político que fueren. Mientras sean democráticamente elegidos, mi actitud será de colaboración, y jamás haré lo que usted habitualmente hace: pararse en la vereda de enfrente a criticar todas las realizaciones, como lo ha hecho con el Gas, el Festival del Tango, y la remodelación de la Avenida Edén, en una posición francamente destructiva, para confirmar la cual solo basta con leer sus notas en Ecos de Punilla.

En cuanto a mí, no debería preocuparse tanto en contestar mis escritos, pues como ya he dicho y debería haberse dado cuenta a tiempo, no escribo para usted sino para la gente. Y si quiere refutar una opinión, hágalo con la altura debida, refiriéndose a los hechos en lugar de ofender a las personas que la sustentan. Es lo que corresponde, entre personas con ética y bien intencionadas, entre las cuales podría alguna vez contarse si logra matar al ponzoñoso escorpión que en su alma anida.

Con respecto al tema del origen de La Falda, no le quepa la menor duda de que, de realizarse un plebiscito, la gente apoyaría mi postura y no la suya, pues tienen el sentido común que a usted le falta.

(En off: Me tenés repodrido con tu cháchara inconducente, Fredy… Y sospecho, y hasta me atrevería a asegurar, que no soy el único que siente el mal olor.)

La Falda Agosto de 2011

(*) Catón apodado El Censor, porque ese era su cargo en el imperio, fue un funcionario romano nacido 234 años antes de Cristo, autor de la primera historia completa de Italia en latín. Fueron memorables sus enfrentamientos con Escipión El Africano, y aunque yo sea un Moro, no tengo ningún interés en polemizar con el auto-designado y asumido Catón Faldense, siempre montado a caballo de la soberbia que -entre nosotros- ni siquiera es un caballo, apenas un raquítico jamelgo.

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