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Coronavirus: La película que se paga después de verla

CorrrnetavirusEl COVID19 apareció de repente. Hubo quienes de una u otra manera lo anticiparon pagando el costo con su propia vida, en medio de la incredulidad de millones de personas y muchos gobiernos. Una vez más, el poder de la naturaleza fue subestimado por el hombre.

Si alguna vez se pensó que el planeta donde habitamos tiene infinita capacidad y puede resistir eternamente los ataques provocados por el hombre, hoy podemos decir, sin temor a equivocarnos que tal aseveración es falsa: la tierra se está expresando y como el ser vivo que es, está tomando sus recaudos para defenderse.

Nuestro universo terrenal ¿tendrá su capacidad colmada? El planeta tiene todo, dispone además de una serie de mecanismos propios que le permiten autorregularse para seguir entregando los recursos que sus habitantes necesitamos. Habitantes que, desde sus primeros tiempos sobre esta superficie, no hemos cesado en nuestro afán de descubrir de qué manera se puede aprovechar mejor todo lo que la tierra nos da. La inteligencia del hombre no es superior a la del mismo planeta; los descubrimientos humanos son también el lenguaje de la tierra pero no por ello el hombre debe adueñarse de lo que no le pertenece. Por eso, este universo terrenal que habitamos parece haberse expresado y una vez más clava una señal y nos alerta: puede con nosotros.

En este contexto del Coronavirus parece que los humanos hemos encontrado la forma de mantener la soberbia y decimos: “Tenemos un enemigo invisible” cuando en realidad, lo que no estamos reconociendo es que este virus no es un enemigo sino la consecuencia del maltrato propinado a quien, por milenios, nos ha facilitado la vida generosamente.

El mundo en cuarentena
Encerrados en nuestras casas viendo una película de ciencia ficción. Armagedón, Avatar o como se llame este film, la gente, miles de personas en el siglo 21, se mueren porque un “bicho” se mete al punto de destruir barreras y viajar velozmente por todo el mundo como si fuera su dueño. Parece que la vida tiene forma de círculo molecular compuesto de un veneno letal al que llamamos COVID 19 y este mismo ser vivo es el que parece haberse arrogado la responsabilidad de gritar que estamos en una situación crítica que, como si fuera poco, nos viene a recordar que los humanos somos todos iguales, aunque algunos no lo quieran entender.

Desde finales del siglo 20, en muchos lugares del mundo, sobre todo en aquellos en vías de desarrollo, se comenzó a hablar de responsabilidad social y de la necesidad (¿urgente?) de recrear las relaciones entre los diversos actores de la sociedad. Así, estados, sociedad civil y empresas, como núcleo básico de una sociedad organizada, fueron “descubriendo” o mejor dicho, descubriéndose co-habitantes de un espacio común: la tierra. En este marco, el cuidado ambiental, otros aspectos como los derechos humanos y la transparencia de los actos de gobierno comenzaron a tomar relevancia. Ganaron su espacio en la opinión pública al punto de transformarse casi en una condición de mercado: es mejor respetar esos preceptos porque compradores y electores, ciudadanos finalmente; comenzaran a exigir que los mismos sean práctica habitual en toda relación humana. (Ojalá)

De aquella idea, a veces subvaluada de la responsabilidad social, partió una mucho más amplia que ganó su lugar en el léxico común y en la agenda pública: la sustentabilidad. De ella se habla con mucha facilidad y se oyen expresiones como “hay que hacer sustentable la actividad” cuando en realidad no parece haberse comprendido cabalmente el concepto del que se habla. Para que algo sea sustentable hay que articular las acciones humanas sobre cuatro ejes: el social; el económico, el ambiental y el moral.

Mientras muchos de nosotros, ciudadanos, empresarios y gobernantes, queremos entender estas nuevas ideas, aparece sobre nuestras vidas este fenómeno del COVID19 y nos pone una cachetada directa al rostro -que tiene nombre de susto y apellido de bolsillo-, nos llena de preocupación, y nos pone sobre la mesa la necesidad de ayudarnos. Así, frente a la obligatoriedad de estar en casa, contemplando la fragilidad letal que nos alcanza a todos, venimos a tomar conciencia, y parece que va en serio, que además del riesgo de este Coronavirus nadie se salva sólo, que todos nos necesitamos, que todos podemos, realmente, hacer algo por el otro. Y toman fuerza las ideas, los grupos solidarios, los diálogos positivos y así se va dando forma a una fábrica de ayuda comunitaria que posiblemente no tenga precedentes: empresarios, ciudadanos, organizaciones sociales de todo tipo y color, gobiernos; todos apuntando a un mismo objetivo. Por el momento no importan las causas que han generado los hacinamientos sociales ni la precariedad alimentaria ni la fragilidad sanitaria. Importa lo que se ve venir. Hoy no importan los culpables ni las cosas que no hicieron quienes debían hacerlas. Hoy importa, urgentemente, lo que está. Y lo que está es el serio riesgo que presenta una pandemia para la cual el mundo no está preparado. Este coronavirus dejará su saldo negativo en vidas humanas y mientras ello ocurre, también en el mundo entero hay personas movilizadas y trabajando para que aquellos principios de sustentabilidad empiecen a tomar forma definitiva.

Algunos líderes ya hablan que el saldo positivo de esta crisis será un nuevo orden social donde los equilibrios tengan nombre y pasen a llamarse, para siempre, igualdad de oportunidades; trabajo digno; cuidado ambiental y respeto entre las personas. Así, comenzaremos todos a pagar la deuda que no les podemos dejar a nuestros hijos. Así empezaremos a reconstruir un mundo que deberá ser mejor, mucho mejor del que encontramos. Ojalá.
Sergio Finzi

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